[Review] U2 en Chile: Un show perfecto

Por cuarta vez, U2 desembarcó con toda su maquinaria sobre el recinto del Estadio Nacional de Nuñoa. A casi 20 años de su primera visita, en febrero de 1998, podríamos pasar horas, días, talvez meses conversando y discutiendo cual de todos esos conciertos fue el mejor. Pero no tiene mucho sentido, la verdad. Porque lo que vimos este sábado 14 de octubre de 2017, busca otras cosas, y las logra de otra forma. La gira que los trae nuevamente a nuestro país surge de la conmemoración de los 30 años de The Joshua Tree, el disco que los saca de Irlanda y con Estados Unidos como cuartel general, extrapolan su mensaje y sus puntos de vista sociales y musicales hacia el resto del planeta, usando Gringolandia como el eje de sus criticas hacia lo que se vivía en esa época.

The Joshua Tree no es un álbum que busque crear un estilo rupturista o un nuevo estilo de baile. Trabaja un concepto y un punto desde la simpleza y la vuelta a lo esencial, en una época de excesos y de rimbombancia, como era la segunda mitad de los 80. Y la banda de estadios por definición de nuestra época actual, supo que este era el momento de retomar esa bandera y sacarle el polvo y hacerla flamear nuevamente, porque los tiempos que vivimos lo hacen necesario.

El show parte con puntualidad inglesa, porque quien está a cargo de hacer que la gente prenda y la espera sea grata es un cabro británico que responde al nombre de Noel Gallagher. El ex hombre fuerte de Oasis viene con su banda High Flying Birds, y se dedica a lo que sabe. No es el centro del show, y lo entiende a la perfección. En cerca de una hora muestra parte de su material como solista, pero además entrega al público varios de esos hits imborrables de su anterior banda, sin egoísmo alguno, para que la gente comience a preparar la garganta, las palmas y los coros para un karaoke multitudinario. Una presentación sólida, muy bien ejecutada, y sin mayores parafernalias, pero que se gana muy merecidamente cada aplauso de las casi 60 mil personas que ya colmaban el estadio hacia el cierre de su show.

Un poco después de lo programado, la batería de Larry Mullen comienza a retumbar desde el centro de la cancha, en una pasarela dispuesta para que la banda tenga una mayor cercanía con el público durante su concierto. El inicio trae algunas canciones de sus discos más antiguos, y ahí Bono y compañía dedican el primer guiño a nuestro país, al celebrar el centenario del nacimiento de Violeta Parra durante la interpretación de Bad, al incorporar partes de “Gracias a la Vida”, y el público acompaña y agradece el gesto. De ahí pasamos a lo que es el gran motivo que nos tiene a todos de pie en el estadio. Con Where the Streets Have No Name comienza la revisión del disco que hizo posible que U2 se transformara en lo que es hoy, y no dejaron dudas de que eso ha crecido enormemente. El concierto está hecho para un estadio en su totalidad, para que todos puedan escuchar, ver y participar sin importar en demasía la ubicación de la gente, que por muy lejos que esté, se sienta parte importante de lo que está viendo y viviendo. El sonido es a toda raja, pero cuando se da inicio al segmento de The Joshua Tree, la gigantesca pantalla gigante, que es del ancho completo del escenario, comienza a proyectar imágenes y secuencias ocupando todo el espacio de la pantalla, que con una simpleza de contenidos y narrativa, son el perfecto complemento a lo que escuchamos durante las canciones del disco. Nada estrafalario o cuático, porque The Joshua Tree es un disco que conquista más por el contenido que por el envase, y lo que vemos no hace más que reafirmarlo, pero ahora, para compartirlo de una con 60 mil personas.

Suena sólido, potente y alucinante. Es el viaje de U2 por Estados Unidos rescatando su esencia y su gente, más allá del establisment. Es la defensa de lo humano por sobre las instituciones, esa que se desata y hace vibrar en canciones como Bullet The Blue Sky o Exit, que no son los temas que conocimos todos por las radios o los programas de videoclips, pero que a todos nos pusieron los pelos de punta, en tremendas ejecuciones en cuanto a música y sonido. Clayton, The Edge, Bono y Mullen saben lo que hacen, con quien hacerlo, y el porqué. Nada es al azar, y resulta todo a la perfección. El rock de estadios tiene a su banda más aventajada, la que mantiene el concepto vivo y vigente, y lo presenciamos a todo nivel frente a nosotros, en un impresionante y constante estimular a los sentidos, un espectáculo de esos con mayúsculas. No se necesita conocer la discografía entera o ser el fan más ultra de los irlandeses, porque todos en el estadio tienen una historia para contar con lo que vieron esa noche de sábado.

El final del segmento del disco es con Mothers of The Dissappeared, que en ese recinto tiene obvias connotaciones especiales. Y el homenaje es sobrio, pero emocionante. Y de ahí en adelante, viene el cierre con más canciones de su época más actual, además de presentarnos su más nueva creación, lanzada hace unos días, junto con el final más acorde al show que tuvimos enfrente, con dos temas potentes para lo que entrega U2: Ultraviolet y One, dos de esos himnos que hacen que los estadios parezcan fogatas gigantescas, por lo cálidas y cercanas.

Pasarán los años y la discusión sobre si éste fue el mejor show de U2 aún no estará resuelta. Pero la vara para la próxima vez quedó muy alta. Bueno, así ha sido cada vez, y se superan siempre. A ver con qué nos sorprenden la próxima vez. ¡Estaremos esperando!

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