[Review] Stgo Rock City: La maestría y la trayectoria arrasaron en una jornada memorable

Una selección de los más grandes iconos del rock mundial se dieron cita en Chile en dos jornadas que quedarán en la memoria colectiva de los que amamos el rock. Un encuentro de generaciones en torno a una pasión que no tiene edad y que ha marcado el devenir de la música popular en estas últimas décadas. Tenemos el retorno de Guns n´Roses, responsables de la gira más exitosa de 2016 en el mundo, gracias a la reunión de su núcleo clásico, con Axl Rose, Slash y Duff McKagan, cumpliendo el sueño de poner en el escenario toda la esencia que los convirtió en una de las bandas más importantes en las últimas décadas.

Por otra lado, la llegada de The Who representa la primera vez en nuestro país de la que debe estar fácilmente entre las 10 bandas más importantes del rock de todos los tiempos, en el mismo selecto grupo de The Beatles, The Rolling Stones, Led Zeppelin, Queen y otros grandes iconos.

Otro debut exitoso en Chile fue Def Leppard, uno de los grandes que nunca había podido presentarse en suelo nacional, por fin lo hicieron. Y a lo grande, junto a las otras monstruosas bandas ya mencionadas. Def Leppard gatilló la fiebre por el hard rock melódico en los años 80, convirtiéndose en una de las más vendedoras de la historia con más de 100 millones de copias, y álbumes que se convirtieron en grandes hitos, como “Pyromania” y el fundamental “Hysteria”, que marcó toda una época y cuyas canciones todavía suenan en todas partes del mundo.

Estuvimos en Stgo Rock City y esto es lo que vivimos:

THE WHO

Eran casi las 18:15 y estaba en un taco del demonio cerca del estadio, al igual que muchos que a esa hora del viernes iban en camino al Monumental. The Who estaba programado a las 18:30, y la gente parece que no tiene prisa al caminar hacia el recinto donde vamos a ver la primera jornada de Stgo Rock City. ¡Hueón, vamos a ver por primera vez a The Who, y es como si nada! Se siente raro, y más cuando se escucha en el aire que comienza el show de la banda, un poco antes de lo programado.

Una vez dentro del estadio, no se nota euforia, sino más bien respeto a lo que estamos viendo y escuchando. Y vaya que lo que vimos los casi 30 mil de cuando llegué hasta el casi lleno del final, fue una página principal del mejor libro del rock. Porque casi todo lo que podemos ver en un escenario en un concierto, ya lo hizo The Who hace harto rato ya, y a toda raja. Con sus dos integrantes originales sobrevivientes por sobre los 70 años, uno esperaría mesura, control, algo más por cumplir que hacerse bolsa como si fueran unos quinceañeros que por primera vez tocan ante tanto público. Y no. Tocan como si fuera el último, cantando y tocando como el primer día por allá en la Inglaterra de los 60s.

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No tienen que demostrarle nada a nadie, pero en hora y media nos dieron una clase magistral. Confieso que durante harto rato estaba medio en shock, como mirando sin poder tener noción de que estaba haciendo ahí parado y viendo lo que pasaba sobre el escenario. Pete Townshend le daba a la guitarra y giraba su brazo a mil, y tenía miedo que se lo lesionara y quedáramos hasta ahí con el show. Roger Daltrey llevaba su registro a los niveles que conocíamos por los discos de la banda. Era casi sobrenatural. Rayando lo irreal. ¿Cómo cresta estábamos viendo un show así, casi como si fueran teloneros? Eso daba lo mismo.

La esencia del rock estaba frente a nuestros ojos y nuestras orejas eran maltratadas de la mejor forma. No necesitaron parafernalia, fuegos artificiales, muñecos articulados ni challa por toneladas, eran los músicos, un telón de fondo, pantallas gigantes para quienes estaban más lejos pudieran ver y apreciar con más detalles todo lo que pasaba sobre el escenario, y un sonido limpio, potente, perfecto, y que puta que sonaba lindo. Un mazazo a los sentidos descomunal. Cuando escuchaba “My Generation”, en algún minuto se me pararon los pelos y alcancé a atinar, y a moverme como correspondía y empezar a cantar. Porque si The Who se estrujaba entero mientras tocaban, mínimo que uno retribuyera de la misma forma. Y cachaba que no era el único. El público presente pasaba del respeto a la admiración, a la entrega y a darse con todo, porque lo que se generaba entre todos los que estábamos ahí era bacán.

Cuando eres una de las bandas más grandes de la historia, tienes repertorio de sobra para entregar. Y The Who trajo lo mejor, y lo mostró de la mejor forma. ‘I Can’t Explain’, ‘The Kids Are Alright’, ‘Behind Blue Eyes’, ‘Love Reign Oer Me’, ‘Pinball Wizard’, ‘See Me, Feel Me’, ‘Baba O’Riley’, ‘Who Are You’, ‘Won’t Get Fooled Again’, sólo por mencionar algunas. Himnos generacionales, canciones que todos tenemos en la raíz de nuestras neuronas chasconas, temas clásicos y sonidos que te provocan emoción con cuática, armaron uno de esos momentos que son inolvidables en la vida. Cuando llegue a la edad de Daltrey y Townshend, ya retirado y disfrutando de una millonaria jubilación (?), recordaré con orgullo y más feliz que la cresta, que nadie me contó lo que significaba ver a The Who, al igual que los casi 45 mil que estaban presentes, cuando cerca de las 20 horas del viernes pudimos cerrar la boca y entender que la clase había terminado, y los profesores salían de la sala contentos de que los alumnos pusieron atención y participaron de las enseñanzas ahí entregadas.

GUNS N´ROSES

Antes de partir, seamos claros desde un comienzo, lo que vino a hacer Guns N’ Roses en su quinta visita a nuestro país no era una despliegue de técnica y virtuosismo, tampoco era un show para los nostálgicos, ellos vinieron a armar la fiesta en el cierre de la primera jornada del Stgo Rock City, y permítanme decirles que lo lograron con creces.

Fueron 3 horas de show, si pensamos en ocasiones anteriores, a la hora en que terminaron su show hubiesen recién estado saliendo a escena, con esa molesta costumbre que Axl tenía en el pasado, pero afortunadamente de eso ya queda poco o casi nada, de hecho incluso salieron 5 minutos antes de la hora acordada. El show estuvo cargado de clásicos y la encargada de abrir los fuegos fue “It’s So Easy”, que literalmente abrió con fuegos artificiales. Los clásicos fueron disparados cual revolver de pistolero del medio oeste en pleno tiroteo, “Mr. Brownstone”, “Welcome to the Jungle”, “Live and Let Die”, “Rocket Queen”, “You Could Be Mine”, sólo por nombrar algunos, de lo contrario estaríamos solo poniendo nombres de canciones y no hablando de lo vivido la noche del viernes.

Esta visita trajo consigo el segundo show desde el regreso de Duff McKagan y Slash, y eso se nota y agradece, dado el fiato y contundencia a la hora de tocar, además podemos ver una imagen muy distinta a la de ese Axl Rose centro del universo de años anteriores. Se nota que Axl ha “madurado”, sobre el escenario se vio a una persona más humilde y más cercana al público, de hecho aprovechó cada momento en que se movía por el borde del escenario para saludar a quienes se encontraban en las cercanías de la reja, y también supo restarse parte de protagonismo y cedérselo a sus compañeros de banda.

En lo que al resto de la banda respecta, Frank Ferrer estuvo sólido en batería, me es difícil definir el rol de Melissa Reese dado que es casi la que más desapercibida pasa, mientras que Mr. Dizzy “fuckin’” Reed en más de un momento se lleva las luces para sí. Permítanme detenerme un segundo y sacarme el sombrero ante Richard Fortus, quien teniendo que pararse al lado de Slash, es capaz de entregar una ejecución sólida, precisa y contundente en guitarra, a ratos sonando incluso más prolijo que el hombre del sombrero.

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Párrafo aparte para el tridente que está a la cabeza de todo el show, partiendo por el más sobrio y centrado de los tres, Duff McKagan, quien al momento de salir al escenario se encarga de hacer su trabajo de manera correcta y de ser el amigo de todos, el responsable de que haya unidad durante el show y ya explicaré más adelante a qué me refiero. Después tenemos a un Slash que sale a escena y hace lo que mejor saber hacer: ser Slash. Todo lo que podíamos esperar que hiciera el hombre del sombrero, lo hizo, regaló sus clásicos solos, extendió el final de las canciones, y corrió por todo el escenario, pero aún hay un detalle.

Por último está Axl, quien es posible que ya no alcance todas las notas con las que hace más de 20 años nos sorprendiera, pero el tipo hizo un trabajo correcto, se ha preocupado de ponerse en forma para entregar un buen espectáculo, y si bien no está al 100%, seamos honestos, difícilmente volveremos a verlo a ese nivel, por lo cual lo hecho la noche del viernes es para ser aplaudido.  Corrió, interactuó con todos, se cambió de tenida en innumerables ocasiones, y nos entregó la mejor versión de Axl Roses que podíamos ver, incluso mejor que la de su primera visita, porque este Axl es otro, alejado de controversias y centrado en dar un buen espectáculo. Pero no todo puede ser miel sobre hojuelas, y aquí voy al detalle que quedó pendiente en el párrafo anterior, ya que sobre el escenario, entre Axl y Slash, había menos feeling que… ni siquiera se me ocurre qué usar de ejemplo. Entre ambos había cero química, y ahí es donde aparecía Duff para salvar esa situación incómoda. Axl intentó acercarse un par de veces, palmotearle la espalda y obtener de respuesta con suerte una mirada, aún cuando Slash andaba con sus característicos lentes oscuros. Axl compartió y bromeo con todos, pero con Slash simplemente no había caso.

Pero más allá de eso, lo importante fue la música, esas canciones que a más de alguien hizo enamorarse del Rock, quién no se creyó guitarrista al escuchar “Sweet Child O’Mine”, quién no cantó a todo pulmón canciones como “Used to Love Her”, “My Michelle”, “Nightrain”, “Stranged” o “Paradise City”, quién no silbó la intro de “Patience” o dedicó “Don’t Cry” o esperaba que en medio de un matrimonio se pusiera a llover para sentirse como en “November Rain” (bueno, tal vez no tan así), la cosa es que las canciones de los Guns forman parte de la memoria colectiva de los rockeros que nos formamos en las últimas dos o tres décadas, y de eso fuimos testigos el viernes, de una fiesta que terminó como tal, con toda la carne a la parrilla, con toda la parafernalia, con fuegos artificiales, llamaradas y confeti, y con un micrófono que voló hacia el público y cayo a escasos dos metros míos… la puta madre, hubiese sido un bonito “souvenir”.

Ésta pudo ser la última visita de los Guns (yo creo que queda a lo menos una más… ¿con álbum de por medio?), y fue en el marco de un evento histórico. Los críticos y especialistas podrán buscar motivos para vilipendiar la presentación de los hollywoodenses, pero para quienes de verdad vibramos con la música, sólo resta decir gracias, porque para muchos como yo, ésta fue la primera vez que vimos en vivo a los Guns, algunos se iniciaron en el Rock gracias a ellos, y lo vivido será inolvidable.

DEF LEPPARD

Pocas veces se ha visto una jornada tan accidentada como la del sábado, con las cancelaciones de Ratt, L.A. Guns y la más dolorosa por lejos, Aerosmith. Esto dejaba a Def Leppard como el único número grande de la noche, tarea difícil que tenían que cumplir los oriundos de Sheffield, dado que en un comienzo no eran el plato fuerte del día.

A las 21:30 en punto se subieron al escenario y todos los tragos amargos por las cancelaciones y la fuerte lluvia quedaron atrás, todo lo malo que antecedió a esta jornada se convirtió en oro. Comenzaron con una potente Let’s Go de su último disco de estudio y Animal del inmenso Hysteria, y se guardaron rápidamente al público en el bolsillo. Con un sonido que describirlo como potente se queda corto, era DEMOLEDOR. Pocas veces he podido presenciar a una banda que haya sonado así en vivo. A eso hay que agregarle la avalancha de clásicos que tiene la banda y donde no se guardaron nada. Desde las rockeras Let It Go, Rocket, Let’s Ge Rocked, Pour Some Sugar On Me que hicieron cantar y bailar a todo el estadio, hasta las más sentimentales Bringin’ On The Heartbreak y Love Bites, la fiesta era total.

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Los músicos estuvieron a un gran nivel, la voz de Joe Elliott se mantiene muy bien a pesar de los años, así como también sigue dando cátedra la simple, pero potentísima base de Rick Savage en el bajo. Por otro lado, Rick Allen, quien debe ser el máximo ejemplo de superación dentro del rock, que solo con un brazo y su emblemático estilo para tocar, dejó impresionados a los más de treinta mil asistentes de la jornada, donde incluso se dio el lujo de realizar un solo de batería. Un rockero de los grandes y que nos recuerda esa gran frase que alguna vez dijo nuestro Nico Massú: “Nada es imposible! Ni una hueá!”. Sin embargo, los que se robaron la noche fueron Vivian Campbell y Phil Collen. Cuanta calidad, cuanta técnica, espectaculares. Un manjar para los oídos para todos los que nos apasionan las seis cuerdas.

Si tuviera que destacar una sola canción del show, sería Hysteria. Hicieron una versión conmovedora hasta no más poder, que hizo cantar con todo al público mientras pasaban por las pantallas imágenes de toda la carrera de la banda, donde en su final la unieron con Heroes de David Bowie, momento mágico de la noche. Ya para el final del show, sonaron Rock Of Ages y Photograph del tremendo Pyromania, concluyendo noventa minutos de música que una legión importante de fans nunca olvidará.

Fue un show que sólo tuvo puntos altos, con un sonido más que impresionante y que también nos regaló una de esas bonitas postales, ver como se reúnen en comunión distintas generaciones para disfrutar del buen rock que nos entregó Def Leppard, quienes por fin después de 40 años de carrera, pudieron debutar en nuestro país y lo hicieron como ellos saben y como les gusta, en grande.

 

Dejando de lado el impasse por la cancelación de Aerosmith, banda liderada por Steven Tyler, y a modo de reflexión, el festival que vivimos el 29 y 30 de septiembre fue increíble. Estuvimos frente a a tres monstruos del rock mundial que dieron con maestría shows de calidad y eso se agradece.

Nos fuimos satisfechos y con ganas de rockear hasta que el cuerpo ya no nos diera más. Gracias por una jornada llena de emociones…

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