Cómo Appetite for Destruction cambió una vida ¿para bien?

Casi todas las historias de fanatismo o devoción por bandas o discos tienen tintes mágicos o épicos, casi de vikingos matando toda una manga de dioses barbudos y llenos de espadas. La mía, no. Le advierto desde ya que éste es un relato loser, pero más sincero que la cresta. Es la historia de mi devoción por Appetite for Destruction, el disco debut de los Guns N’ Roses, el disco que me cambió la vida.

Corría el verano 88′-89′, y este pajarón tenía ya la sana costumbre de escuchar radio. Todo el día. Y además, adquirí la afición a participar en los concursos, porque más de alguna vez cayó algo. Nada de otro planeta, no chorreaba, pero goteaba. Y una tarde cualquiera, creo que de enero, en radio Concierto hacían un concurso, donde proponían tres canciones, y había que votar por una de ellas, para elegir así la mejor del día, que iban a tocar al final del programa en forma íntegra y sin menciones, para poder “grabarla” en nuestros cassettes de esa época, además de un cassette de los salidos hacía poco al mercado. Era buen premio, sin duda. Y obvio, concursé, llamé y voté por la que quería escuchar y grabar. Mi elegida fue “Take on me” de A-Ha. Sí, mucho rock en todo esto, lo sé. Pero paciencia…

Al final del programa, ganó mi canción, y más encima me gané el cassette de premio, que era nada más y nada menos que Rattle and Hum, el nuevo de U2 en esos momentos. Puta que estaba contento, sin duda. ¿Qué tiene que ver todo esto? Bueno, la canción que salió segunda era Welcome to the Jungle. Como ponía siempre atención a las canciones propuestas, para ver por cual votar y ganar (como efectivamente sucedió), ese tema me llamó la atención. Y harto. Me quedó dando vueltas. Era una época donde aún no me acercaba al rock, y lo más pesado que escuchaba era The Cure o Duran Duran. Tenía compañeros en el colegio que ya andaban con los vinilos del Piece of Mind de Iron Maiden, o el Holy Diver de Dio, pero yo aún no abría las orejas. Voté por A-Ha, porque tenía claro que iba a ganador, y no me equivoqué. Pero ese ruido desquiciante de los Guns me quedó sonando y dando vueltas. Como nunca antes me había pasado con algún tema o alguna banda.

El chiste fue que, obvio, al día siguiente partí a Viña a buscar mi premio (sí, no vivía en Santiago) como cualquier hijo de vecino feliz de ganarse algo. Y llegué hasta la oficina de la radio, y me entregaron sin mucha fanfárrea mi premio. Mientras esperaba, sonaba Welcome to the Jungle en el pequeño departamento que ocupaba Concierto en el centro de Viña. Y volví a sentir esa custión en la guata y la cabeza que me decía “pero que hueá más la raja estai escuchando, hueón”. Y sin darme cuenta, me puse a hacer la linda y querible rutina de tocar batería al aire, versión drummer del air guitar. Y el tipo de la radio me cachó, y me dijo piola “es la raja esa canción”. Sí, al verme descubierto baqueteando al aire me puse colorado, lo reconozco, pero no sé de donde saqué personalidad, y le contesté muy suelto de raja algo como “es que es de otro planeta, se pasó” (en esa época no decía garabatos, mega ñoño…). No se si las estrellas se alinearon o si alguna divinidad se acercó al planeta, pero lo que pasó en ese minuto, es casi surrealista. El tipo abrió la mampara que nos separaba, y con algo bajo el brazo, se acercó a mí, y me preguntó “¿has escuchado el disco? ¡es chacal!”

Ese minuto, ese instante, fue el que en definitiva me cambió la vida. Y hasta hoy creo que para mejor. Tomé aire, y le conté en perfecto español que cachaba a los GN’R por Sweet Child O’ Mine y Patience, los lentos que se escuchaban en esos años, pero más allá de eso, nada especial. El tipo me mostró lo que llevaba bajo el brazo, y era el vinilo de Appetite for Destruction, que ya tenía más de un año en el mercado. Sacó el disco, me paso la carátula, y me dijo “hueón, tenís que escucharlo entero, te va a volar la cabeza”. Se dió vuelta, mientras yo miraba como enajenado lo que me había pasado, y puso en su tornamesa el disco, y le dió play. Al lado B. Y asì fue como me quedé escuchando un buen rato, horas mejor dicho, en la radio, el Appetite. Una y otra vez. Lado B, lado A, lado B, lado A, lado B.

Pocas veces en mi vida he perdido tanto el sentido del tiempo y el espacio como ese día. Porque no me fijé en la hora hasta que el tipo me dijo que sorry, tenía que irse y que iba a apagar el tornamesa. Y yo aún con cara de estúpido (algo recurrente en mi vida), sólo atiné a decirle “gracias”.

Agarré mi cassette recién ganado, me despedí, y el viaje de vuelta para la casa fue heavy. Llevaba mi personal stereo para escuchar mi premio, pero ni lo prendí. Me fuí tarareando todo el viaje lo que había escuchado esa tarde. Al otro día, revisé mis ahorros, y me alcanzaba para comprar el cassette de los Guns. Y sin pensarlo siquiera, lo compré. No había internet en esa época, solo algunas revistas que hablaban de música, así que hasta unos años después vine a cachar toda la cuática por la censura a la carátula, la del robot junto a la mina violada que tuvo que ser reemplazada por la que siempre conocí, que era la cruz con las calaveras de los integrantes.

Pero ese era el detalle menor. Porque por varios días escuché como enajenado las 12 canciones del Appetite, y siempre sagradamente, partiendo por el lado B (un gran detalle que tienen los cassettes y los vinilos, ese de tener lados, que a veces, tienen una onda en particular). Hasta recitaba de memoria My Michelle/Think About You/Sweet Child O’ Mine/You’re Crazy/Anything Goes/Rocket Queen. El disco es tremendo, de esos que te generan un montón de hueás en la cabezota. Desde el alarido descomunal con que parte Welcome To The Jungle, hasta los acordes finales de Rocket Queen, que desde esa época, se transformó en mi canción gunner favorita. Ese bajo potente del inicio, jugando entre batería y guitarra, más presente que en muchas de las canciones que había escuchado hasta ese entonces.

Las estadísticas dicen que ha vendido más de 30 millones de copias a nivel mundial y que pertenece al selecto grupo de los 20 discos más vendidos de la historia. Que es uno de los discos debut más importantes del mundo mundial. Que hizo que el grupo se conviertiera en la banda más peligrosa del planeta. Pero en ningún lado sale lo que provocaron conmigo. Y no creo que algún día sea un dato que aparezca en Wikipedia. Hicieron que abriera bien los ojos y parara las antenas, que despejara las pailas para un nuevo sonido, ese que llevaba en la sangre y nunca había siquiera pensado en dejar salir a flote. El maldito rock comenzaba a tomar su lugar de privilegio dentro de mi vida, del que no ha salido y no saldrá jamás, porque es un estilo de vida y una especie de religión de la cual uno se hace devoto y vive la vida de mejor forma, directo a disfrutar de los beneficios del Highway To Hell. Me hice adicto y seguidor de los sonidos sucios, contestatarios, con rabia a veces, con desidia y desgano en otras, pero que exploran el sonido de la parte que no siempre sale en los noticiarios, esa que nos conmuta la energía negativa y la rabia en una forma de expresión tan la raja como es la música que sale del alma y de las tripas. “You know where you are? you’re in the jungle, baby” es la puerta de entrada a un mundo por descubrir y disfrutar. Gracias a Axl, Slash, Duff, Izzy y Steven, fuí descubriendo a Metallica, Ramones, The Who, Motley Crue, Mötorhead, AC/DC, Bob Dylan, Led Zeppelin, Rolling Stones, Slayer y todos los que se pueden imaginar. Fue el comienzo de esta historia. Un comienzo bien loser, es verdad, pero que da lo mismo como empezó, porque lo que siguió, fue a toda raja. ¡Aguante Guns!

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