Adelaida – Paraíso

Crecí escuchando a Elvis, Los Beatles, Sinatra y Gilbert Becaud, entre muchos. Las generaciones que vienen ahora crecieron escuchando además a Joy Division, Pixies, Sonic Youth, Nirvana, My Bloody Valentine y muchos más, y puta que salen cosas bacanes de ahí.

Distorsión. Ruido. Los cabros de Adelaida son los hijos regalones de Valparaíso, y en su disco “Paraíso” desahogan todo eso que han escuchado en sus vidas, lo meten en la juguera y se mandan un disco de aquellos. Ruido en todas sus formas y colores. Como si les apretaran las tripas, desahogan música y emociones por kilos. Es un álbum universal, sin cuna ni patria, con esos sonidos sucios que heredaron los noventa, y que dejaron una escuela en que Adelaida se nota a uno de sus alumnos ejemplares.

Distorsión no es sinónimo de velocidad, porque acá transitan por todas las variantes. Desde la calma y la languidez hasta el desenfreno a mil. Acá el ruido va más como concepto, como estilo de vida, como forma de enfrentar el día a día. Es una forma de perder la cordura y entregarse a lo que viene, pero siempre con el pedal de la distorsión cerca. El disco tiene es magia de enganchar, de hacerte cómplice, de sacar tu mente a volar un buen rato sin pensar donde vas a llegar ni donde vas a volver. Te desenchufa del suelo y nadie sabe que va a pasar después. Se escucha mejor con los ojos cerrados, para generar espontáneamente imágenes mentales y ver donde te lleva todo lo que estás escuchando.

Llevaba harto rato escuchándolo, ya que salió a la luz a principios de año, y a pesar de que es de fácil escucha y te agarra rápido, con la repetición uno aprende a dejarse llevar por los tempos del disco. En casi 50 minutos y 14 temas, uno aprende a sintonizarse en la misma onda que este “paraíso” de canciones. Y le agarra cariño. Tiene eso del partner que no te habla, que no se ríe, que parece que no pesca, pero que siempre está ahí. Y que no te cuestiona, sino que camina contigo, sin chistar. Porque todos en algún minuto queremos pararnos en la puerta de la casa y gritar hacia afuera haciéndose mierda la garganta, aunque no haya motivo, y sin importar quién pase por delante nuestro, solo por las ganas de hacerlo. El desahogo es siempre necesario, y acá entre música y voces, es liberador.

El descontrol de Los Dientes y Columpio, la sicodelia de Huracán y La Velocidad, la languidez de La Muerte y Despedida De La Nieve, y mi favorita Marina, que va progresando a cada segundo, desde la calma hasta vomitar todo hasta que las tripas colapsen, dejándonos rendidos. Un disco entrañable, de esos que uno no se olvida fácilmente. Es temprano para decirlo, pero quizás termine siendo de los mejores del año de músicos chilensis. Póngale bueno no más, y dele play a este discazo.

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